El vecindario denuncia semanas de desabastecimiento en localidades como Vilallonga, Potries, Palma de Gandia o Ador, mientras las distribuidoras lo atribuyen a un pico puntual de consumo por las bajas temperaturas.
Crónica de una espera bajo cero
Lo que comenzó como una ola de frío convencional en la comarca de la Safor se ha transformado en una crisis de suministros básica para cientos de familias. En municipios como Vilallonga, Potries, Palma de Gandia y Ador, el sonido del camión del butano —habitualmente cotidiano y rítmico— se ha convertido en un anhelo que no llega. Los vecinos denuncian que llevan semanas sufriendo un desabastecimiento que les impide calentar sus hogares o, en los casos más críticos, cocinar o disponer de agua caliente.
La situación es especialmente preocupante en una zona donde la orografía y el tipo de vivienda —muchas de ellas casas antiguas de pueblo con mal aislamiento— dependen mayoritariamente de la energía de gas licuado de petróleo (GLP). Sin gas natural canalizado en muchas de estas áreas, la bombona naranja no es un complemento, sino la arteria principal de la supervivencia doméstica durante el invierno.
El silencio de las distribuidoras y la indignación vecinal
«Llevamos diez días llamando y siempre nos dicen que el camión pasará mañana, pero el mañana nunca llega», explica una vecina de Ador. Esta queja se repite en los grupos de redes sociales y en los ayuntamientos de la zona, que han empezado a recibir una avalancha de reclamaciones.
Por su parte, las empresas distribuidoras oficiales han salido al paso de las críticas calificando la situación como un «pico puntual y extraordinario de demanda». Según fuentes del sector, la coincidencia de varias borrascas consecutivas ha obligado a los consumidores a duplicar sus pedidos habituales, desbordando la capacidad logística de reparto. Sin embargo, el vecindario rechaza la etiqueta de «puntual», asegurando que el problema se arrastra desde hace más de quince días y que la falta de previsión está castigando a los colectivos más vulnerables, como las personas mayores que viven solas.
Un problema de logística en la «España vaciada» costera
Aunque la Safor no se considera una zona despoblada, el comportamiento del suministro en sus municipios de interior refleja las carencias de las infraestructuras rurales. Los expertos señalan que la falta de personal de reparto y la dificultad de acceso a ciertas calles estrechas de los cascos antiguos complican la logística cuando el volumen de pedidos se dispara.
Además, el encarecimiento de otras energías como la electricidad ha provocado que muchas familias retomen el uso de estufas de butano, consideradas tradicionalmente más económicas, lo que ha generado una «tormenta perfecta»: mayor dependencia de la bombona y menor capacidad de respuesta de las plantas de llenado y los camiones de reparto.
Perspectivas próximas
Mientras las temperaturas no den un respiro, la tensión en la Safor seguirá en aumento. Los ayuntamientos afectados están estudiando elevar una queja formal a la Conselleria de Economía y a las propias compañías suministradoras para exigir un «plan de contingencia» que garantice que ningún hogar se quede sin suministro mínimo vital en episodios de clima extremo.
Por ahora, la solidaridad vecinal está supliendo la carencia oficial: aquellos que disponen de una bombona de reserva la comparten con sus vecinos más ancianos, a la espera de que el característico claxon del camión vuelva a resonar en las calles de la comarca.
















