VALENCIA | Miércoles, 25 de febrero de 2026.
Valencia ha amanecido hoy bajo un silencio atípico de motores en movimiento y un estruendo ensordecedor de cláxones y consignas. La ciudad del Turia ha vivido este miércoles una de las movilizaciones más masivas y asfixiantes que se recuerdan en la última década. El sector del taxi, cumpliendo su amenaza, ha ejecutado un paro total de 24 horas que ha desembocado en una manifestación histórica, bloqueando los accesos neurálgicos y dejando a la capital del Turia prácticamente incomunicada por carretera.
Desde las 06:00 horas, las licencias de taxi han desaparecido de las paradas habituales para convertirse en barricadas rodantes. Lo que comenzó como un paro de servicios se transformó, a partir de las 08:00, en una exhibición de fuerza sin precedentes: más de 3.000 taxis, procedentes no solo de Valencia sino también de refuerzos llegados desde Alicante y Castellón, se organizaron en cuatro columnas masivas que asediaron el centro desde todos los puntos cardinales.
Un colapso planificado al milímetro
La estrategia de las asociaciones convocantes, lideradas por la Confederación de Autónomos del Taxi de la Comunidad Valenciana, fue clara: visibilidad máxima a través del bloqueo absoluto. Las arterias vitales de la ciudad, como la Avenida del Cid, la Pista de Silla, la Avenida de las Cortes Valencianas y Blasco Ibáñez, se convirtieron en ratoneras para miles de conductores particulares y transportistas.
La comitiva, una serpiente blanca que parecía no tener fin, confluyó en la Plaza de España para iniciar un recorrido que estranguló el corazón administrativo de Valencia. Calles como San Vicente, Guillem de Castro y el margen del antiguo cauce del río quedaron sepultadas bajo una marea de vehículos con la luz de «ocupado» apagada, pero con el ánimo encendido.
«No estamos aquí por capricho. Estamos aquí porque la Generalitat nos ha dejado morir mientras alimenta un modelo que no cumple las reglas», declaraba Fernando del Molino, presidente de la Confederación, frente a una multitud que vitoreaba cada una de sus palabras frente a las Torres de Serranos.
El nudo del conflicto: El «equilibrio» roto con las VTC
El detonante de este «miércoles negro» para la movilidad valenciana es la falta de un marco normativo que el sector considera justo. Los taxistas exigen a la Generalitat un decreto ley inminente que ponga coto a la expansión de los Vehículos de Transporte con Conductor (VTC). Denuncian que la «liberalización encubierta» está destruyendo el sustento de más de 8.000 familias en toda la autonomía.
El malestar se ha agravado tras los recientes movimientos judiciales que podrían permitir a plataformas como Uber y Cabify operar con mayor libertad en núcleos urbanos, algo que los taxistas califican de «atropello a un servicio público regulado». Exigen que la administración autonómica «deje de flaquear» y garantice que las VTC mantengan su carácter interurbano o se sometan a restricciones de pre-contratación mucho más severas.
Ciudadanos a pie y estaciones desiertas
El impacto en el ciudadano de a pie ha sido severo. Puntos estratégicos como el Aeropuerto de Manises, la estación de Joaquín Sorolla y la Estació del Nort ofrecían una imagen insólita: colas kilométricas de turistas y viajeros cargando con sus maletas, buscando desesperadamente una boca de metro o resignándose a caminar bajo el sol de febrero.
Metrovalencia, aunque reforzó sus servicios mínimos, no pudo absorber la demanda. Los andenes de la Línea 3 y la Línea 5 registraron aglomeraciones peligrosas durante las horas punta, mientras que los autobuses de la EMT quedaron atrapados en el mismo embudo circulatorio que los turismos.
Hacia un marzo de conflicto
La jornada culminó con una concentración a pie frente al Palau de la Generalitat, en la Plaza de Manises. Allí, el tono de las protestas subió de intensidad. Los líderes sindicales advirtieron que, de no haber un compromiso escrito con fechas y textos concretos por parte del Conseller de Transportes, este paro es solo el «ensayo general».
«Si la Generalitat no mueve ficha antes del lunes, marzo será un mes de caos permanente para Valencia», rezaba una de las pancartas más visibles. El sector ya planea nuevas movilizaciones coincidiendo con el inicio de los actos previos a las Fallas, lo que supondría un golpe de gracia para el turismo y la economía local.
Al cierre de esta edición, el tráfico comienza a normalizarse lentamente, pero la herida sigue abierta. Valencia ha demostrado hoy que, cuando el taxi para, la ciudad se detiene. El balón está ahora en el tejado de un gobierno autonómico que deberá decidir entre el modelo liberalizado o la protección de un sector que hoy ha demostrado ser capaz de asfixiar la capital para defender su supervivencia.
















