VALENCIA. – Hay una luz que nunca se apaga, y en Valencia, durante el mes de marzo, esa luz suele ir acompañada de un estruendo de 120 decibelios. Steven Patrick Morrissey ha descubierto, de la peor manera posible, que la capital del Turia no entiende de silencios monacales ni de melancolía británica cuando hay un monumento plantado en cada esquina.
El cantante, que llegaba a la ciudad tras un viaje de dos días por carretera desde Milán, emitió ayer un comunicado que ya forma parte de la mitología surrealista de las Fallas. En él, su equipo asegura que el artista se encuentra en un «estado catatónico» tras haber pasado la noche en un céntrico hotel (el Palacio Vallier, en la Plaza de Manises) sin poder pegar ojo. El motivo: el «ruido del festival», las «voces tecno» y la megafonía constante.
«Un infierno indescriptible»
Lejos de la sobriedad habitual en estos casos, el comunicado de Morrissey roza lo épico. Según sus propias palabras, la experiencia fue un «infierno indescriptible» del que tardará «un año en recuperarse». Para un artista que ha hecho de la vulnerabilidad su bandera, el despertar valenciano —marcado por la despertà, los petardos de buena mañana y el trasiego de las comisiones— ha sido la kriptonita definitiva.
Las 1.500 entradas del Auditorio del Palau de les Arts, que se agotaron en minutos, serán devueltas de forma automática. Sin embargo, el vacío que deja Morrissey no lo llenará el silencio, sino la música de las bandas de música y el estruendo de la pólvora que, para el resto de los mortales, sigue siendo el latido de la ciudad.
Mucho más que ruido: una ciudad al límite
La noticia ha abierto el eterno debate: ¿Son las Fallas un entorno hostil para el descanso? La respuesta es un rotundo sí, pero ahí reside también su esencia. Valencia en Fallas es:
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Una oda al exceso: No es solo ruido; es una coreografía de fuego, arte efímero y una hospitalidad que se desborda en las calles.
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Resistencia física: La fiesta exige un aguante que no figura en los contratos de las estrellas de rock. Es un ritual colectivo donde el sueño se convierte en un lujo secundario.
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Cultura del estruendo: Lo que para Morrissey es «tortura», para un valenciano es el aviso de que la mascletà está a punto de empezar.
La baja del «insomne»
Mientras la Embajada de España en el Reino Unido bromeaba en redes sociales calificando a Morrissey como la «primera baja» de las fiestas, la ciudad sigue adelante. El artista pone rumbo a Zaragoza y Sevilla, buscando quizás cielos más silenciosos, mientras Valencia se prepara para su semana grande.
Queda claro que Valencia no se apaga, ni se calla, ni se disculpa. Como dicen los locales: «A quien no le guste el ruido, que no venga en Fallas». A Morrissey, sencillamente, el viento de Manchester no le preparó para la pólvora de Valencia.
















