VALENCIA – El centro de Valencia se ha transformado en un río de chispas, pólvora y misticismo. La Cabalgata del Fuego, el acto que anuncia el destino final de los monumentos falleros, regresó a las calles con una fuerza renovada, congregando a miles de espectadores que desafiaron el olor a azufre para presenciar el avance de los demonios por la Calle Colón hacia la Plaza de la Puerta del Mar.
Un desfile de luz y tradición
Con la participación de más de 100 integrantes, el desfile no fue solo una exhibición pirotécnica, sino una coreografía perfectamente orquestada de cultura popular. Los dimonis, figuras centrales del evento, danzaron bajo una lluvia de chispas provocada por las estructuras giratorias y los «correfocs», creando una atmósfera que oscilaba entre lo ancestral y lo festivo.
La música jugó un papel determinante. El ritmo de los tabals y las dolçaines marcó el paso de las diferentes agrupaciones, entre las que destacaron diversos colectivos de cultura popular valenciana. Este año, la implicación asociativa fue mayor que en ediciones anteriores, reforzando la idea de que la Cabalgata del Fuego es un evento de ciudad, y no solo un espectáculo visual.
Hermandad entre fiestas
Uno de los momentos más significativos de la noche fue la presencia de las representantes de las fiestas hermanas. Las Belleas del Foc de Alicante y la Reina de las Fiestas de Castellón acompañaron a la Fallera Mayor de Valencia y su Corte de Honor. Este gesto subraya la unión de la Comunidad Valenciana en torno al fuego como elemento vertebrador de su identidad.
«Ver la ciudad iluminada de esta forma, sintiendo el calor de la pólvora tan cerca, es la señal definitiva de que el ciclo fallero está a punto de completarse para renacer de nuevo», comentaba un asistente entre la multitud.
El preludio del final
La cabalgata culminó con un espectacular disparo de carcasas que iluminó el cielo de la ciudad, simbolizando la purificación necesaria antes de que las llamas consuman las fallas. Tras el paso del último demonio, el espíritu de la fiesta quedó encendido al máximo, dejando todo listo para la Nit de la Cremà.
Valencia ha demostrado, una vez más, que nadie domina el arte de las llamas como sus ciudadanos. El fuego no solo destruye el arte efímero, sino que ilumina el orgullo de un pueblo que ya piensa en el ejercicio fallero de 2027.



















