VALENCIA / SAN JOSÉ
Valencia ha amanecido este Sábado de Gloria con una noticia que llega con el aroma de la leña y el azafrán desde el otro lado del Atlántico. Vicente Aguilar Cerezo, el hombre que convirtió el arroz en un puente espiritual entre la huerta valenciana y las montañas costarricenses, falleció este Viernes Santo a los 77 años. Su vida no fue solo la historia de un restaurador de éxito; fue la odisea de un valenciano que llevó el carácter indómito y solidario de su tierra hasta las últimas consecuencias.
De la Valencia de posguerra al seminario
Nacido en 1948, en una Valencia que aún intentaba sacudirse el polvo de la posguerra, Aguilar creció en un ambiente donde la fe y la humildad caminaban de la mano. Como tantos otros jóvenes de familias obreras, su destino parecía sellado entre los muros de un seminario. Sin embargo, su vocación no era la del recogimiento, sino la de la acción.
Convertido en fraile franciscano, su labor en los últimos estertores del franquismo ya vaticinaba al hombre que sería: un «cura rojo» que no temía a la policía ni a las jerarquías cuando se trataba de defender a los trabajadores o a las personas con discapacidad. Esa misma llama interna fue la que, en 1980, le hizo cambiar la sotana por una mochila para sumarse a la alfabetización en una Nicaragua revolucionaria.
El refugio tras la tragedia de la UCA
La biografía de Vicente Aguilar está marcada por el compromiso. Su estrecha colaboración con el jesuita Ignacio Ellacuría en El Salvador lo situó en el ojo del huracán de la historia. Tras el brutal asesinato de Ellacuría y sus compañeros en 1989 a manos de militares, Aguilar se vio obligado a huir.
Llegó a Costa Rica en 1995 casi como un náufrago político, declarado «pobre de solemnidad» por la embajada española. Con apenas 150 dólares mensuales, Vicente echó mano del recurso más sagrado que todo valenciano lleva en el ADN: la capacidad de hacer hermandad alrededor de un paellón.
La Lluna de Valencia: El templo de San Roque de Barva
En 1996, en un rincón de Heredia llamado San Roque de Barva, nació La Lluna de Valencia. Lo que empezó como una necesidad de supervivencia —haciendo paellas a domicilio— terminó siendo el mayor referente gastronómico de España en Costa Rica.
«El costarricense, como el valenciano, puede comer arroz por la mañana, al mediodía y en la noche», solía decir con esa agudeza tan propia de nuestra tierra.
Vicente no solo cocinaba; educaba. Enseñó a los «ticos» que la paella no es «arroz con cosas», y su rigor le valió el respeto de los maestros arroceros de aquí. Sus vitrinas en Centroamérica lucen hoy con orgullo el tercer lugar del Concurso Internacional de Sueca (2017) y la prestigiosa Cuchara de Oro de Wikipaella (2020). Logró lo imposible: que una paella cocinada a miles de kilómetros de la Albufera supiera, exactamente, a domingo en El Palmar.
Un legado de paz y madera
Su exesposa e hijas confirmaron que Vicente se fue en paz, rodeado del amor que sembró durante tres décadas en su patria de adopción. Valencia pierde hoy a un hijo que no necesitó grandes despachos para hacer patria; le bastó con su receta, su coherencia política y ese espíritu franciscano que nunca le abandonó.
Sus restos serán velados hoy en la iglesia de Barva de Heredia. Mientras tanto, en las cocinas de Valencia, hoy se siente un silencio especial. Se ha apagado el fuego de un hombre que demostró que, para cruzar el mundo, solo hace falta una mochila, unos valores inquebrantables y el punto exacto del arroz.
Descansa en pau, Vicente.
















