El Consell ha aprobado una importante reforma legal que marca un antes y un después en el sistema de protección de menores en la Comunidad Valenciana. A partir de ahora, las familias de acogida tendrán prioridad a la hora de adoptar a los niños y niñas que residen en sus hogares. Esta medida, largamente impulsada por las asociaciones del sector, tiene un objetivo claro: garantizar el bienestar emocional de los menores y evitar que sufran el trauma de cambiar de entorno cuando ya han consolidado vínculos afectivos.
Hasta la fecha, muchas familias de acogida vivían con la incertidumbre y el dolor de no saber si podrían convertirse en la familia definitiva de los menores que cuidaban. Con esta nueva legislación, la administración da un paso adelante para priorizar la estabilidad del niño, permitiendo que el vínculo afectivo creado en el hogar de acogida pueda transformarse en una adopción permanente.
«Esto no va de adultos, va de los niños»
La reforma ha sido recibida con gran optimismo por parte de las familias que dedican su vida a esta labor altruista. Para ellos, lo más importante siempre es el bienestar de los pequeños.
María José y Carlos, un matrimonio que lleva catorce años abriendo las puertas de su casa a menores en situación de vulnerabilidad —han acogido a una treintena de niños—, celebran el cambio. «Esto no va de adultos, va de niños, y son ellos los principales beneficiarios de este cambio», comenta María José. Para esta familia, el acogimiento no es un trámite, sino «un modelo de vida» que pone el foco en el derecho del menor a crecer en un entorno estable.
Por su parte, Ruth y Natxo, quienes llevan cuatro años en este proyecto vital, definen la experiencia como un «aprendizaje mutuo». En su casa han pasado seis niños, y su labor ha consistido siempre en «cuidarlos mientras encuentran la medida definitiva para que estén estables el resto de su vida». Para ellos, esta reforma ayuda a que esa «medida definitiva» sea, precisamente, quedarse con quienes ya los conocen y aman.
El fin de los «adioses» innecesarios
El momento más duro para cualquier familia de acogida es la despedida. «Sabemos cuándo llegan, pero no cuándo se van», explican los acogedores, relatando la angustia que supone el desconocimiento de los plazos. A menudo, el cambio a un hogar adoptivo suponía una ruptura emocional traumática para el menor, que debía abandonar un entorno donde ya se sentía protegido para empezar de cero.
Con la nueva legislación, estas situaciones se reducen drásticamente. Se abre la puerta a que los menores no tengan que dejar la familia de acogida, permitiéndoles continuar en el mismo entorno afectivo.
El bienestar emocional como prioridad
El objetivo de esta reforma legal es claro: el proceso de acogida debe estar siempre al servicio del bienestar emocional de los niños, evitando cambios de domicilio que puedan afectar negativamente a su desarrollo.
La medida ha sido recibida como un acto de justicia hacia las familias que, con generosidad, se convierten en la segunda oportunidad de muchos menores. Tal como señalan los acogedores, la experiencia es «supergratificante», y a partir de ahora, este acto de amor tendrá más facilidades para consolidarse como un vínculo eterno.
















