España atraviesa uno de los momentos de mayor degradación política, institucional y moral de las últimas décadas. Pero quizá lo más preocupante ya no sea únicamente la corrupción que rodea al entorno de Pedro Sánchez. Lo verdaderamente grave es otra cosa: la normalización de esa degradación.
Porque un país deja de escandalizarse, el día en que empieza a degradarse
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en España.
Hoy tenemos a la esposa del presidente del Gobierno en el juzgado.
Tenemos al hermano del presidente pendiente de juicio tras años cobrando dinero público sin ser capaz siquiera de explicar cuál era exactamente su trabajo.
Tenemos colaboradores directos de Sánchez imputados, investigados o enjuiciados.
Y ahora también tenemos a José Luis Rodríguez Zapatero, referente político y moral del sanchismo, investigado por presuntos delitos de tráfico de influencias y blanqueo de capitales.
Demasiados nombres.
Demasiados casos.
Demasiadas coincidencias.
Demasiado silencio.
Y aun así, el Gobierno pretende convencernos de que aquí no pasa nada.
Pero hagamos un ejercicio muy sencillo.
Imaginemos por un momento que todo esto estuviera ocurriendo en un gobierno de derechas.
Imaginemos a la esposa del presidente del Gobierno investigada judicialmente por presuntos delitos graves.
Imaginemos al hermano de ese presidente pendiente de juicio tras años cobrando dinero público en un puesto bajo sospecha.
Imaginemos a ministros y colaboradores directos entrando y saliendo de los juzgados y de la Cárcel.
Imaginemos incluso a un expresidente vinculado políticamente a ese gobierno investigado por tráfico de influencias y blanqueo de capitales.
¿Alguien cree sinceramente que España estaría tranquila?
España estaría ardiendo.
No hablarían de prudencia.
No pedirían esperar a los tribunales.
No hablarían de “fango”.
Hablarían de emergencia democrática.
Habría especiales informativos día y noche.
Habría editoriales incendiarios.
Habría manifestaciones permanentes.
Habría campañas internacionales señalando a España.
Y toda la izquierda estaría exigiendo dimisiones inmediatas y elecciones anticipadas.
Pero como los protagonistas son Sánchez, su entorno y el PSOE, entonces resulta que todo debe relativizarse.
Ese es el verdadero drama nacional: la corrupción ya no se juzga por la gravedad de los hechos, sino por el color político de quien los protagoniza.
Y precisamente esa degradación moral es la que explica situaciones que hace apenas unos años habrían parecido impensables.
Ahí está el caso Oltra.
Una dirigente que va a sentarse en el banquillo acusada de delitos gravísimos relacionados con el abandono y desprotección de menores cuando precisamente tenía la obligación política, jurídica y moral de protegerlos.
Y aun así, la izquierda valenciana tiene la desfachatez de plantear su regreso como candidata a la alcaldía de Valencia.
Eso lo dice todo.
Porque el problema ya no es solo la corrupción.
El problema es haber normalizado lo intolerable.
Normalizar que alguien, acusado de hechos tan graves, pueda volver a ser presentado como referente político.
Normalizar que los escándalos duren veinticuatro horas antes de ser enterrados por propaganda.
Normalizar que el entorno del poder viva permanentemente cercado judicialmente mientras desde el Gobierno se habla de ejemplaridad democrática.
Ese es el verdadero deterioro institucional de España.
Porque la corrupción no destruye una democracia solo cuando roba dinero. La destruye cuando consigue que la sociedad se acostumbre.
Y mientras tanto, Sánchez sigue atrincherado en La Moncloa gracias al apoyo de separatistas, comunistas y socios cuya única prioridad no es el interés general, sino conservar el poder a cualquier precio.
Porque sostener hoy a Sánchez ya no es solo una decisión política.
Es una decisión moral.
Cada voto de sus socios sirve para mantener en pie un modelo agotado, rodeado de sospechas y sostenido por la propaganda, el sectarismo y el miedo.
Y España merece algo mejor.
Merece instituciones limpias.
Merece igualdad ante la ley.
Merece dirigentes ejemplares.
Y por todo ello, con moción de censura o sin ella, España necesita elecciones ¡ya!
















