Por Carles Recio.
En una elegante calle peatonal de la localidad de l’Alcudia tiene su estudio el fotógrafo Álvaro Ruiz Nogués. En estos días ha revolucionado el mundo de la fotografía internacional con una instantánea que muestra a un muchacho que parece un corredor ciclista o automovilista pero que está montado en un pollo con el que va corriendo como en una carrera imposible. No solo ha ganado el premio Goya la mejor fotografía de España, sino que ha triunfado hasta en Finlandia.
Como periodista a la antigua usanza no me conformé con ver la imagen en internet, sino que desplacé expresamente a verla en papel a su estudio. Cuando llegué tuve la oportunidad de conocer a sus padres y me enseñaron la casa donde se ha salvado la mejor cerámica ornamental particular del Reino de Valencia. El padre de Alvaro, como coleccionista competente, que también fue y es fotógrafo profesional, ha ido salvando azulejos de edificios que se derrumbaron cuando al pasado no se le otorgaba ningún crédito, y han conseguirlo reunirlo allí haciendo un alarde de armonía.
El fotógrafo valenciano Álvaro Ruiz
Había que decirlo, pero volvamos al protagonista del momento. El prestigioso fotógrafo valenciano Álvaro Ruiz, natural de l’Alcúdia, se ha consolidado como una de las figuras más influyentes de la imagen contemporánea tras una trayectoria de más de cuatro décadas que aúna la tradición del retrato con la vanguardia técnica. Aunque inició su camino a los dieciséis años compaginando la cámara con sus estudios de Ingeniería Técnica Industrial, Ruiz ha terminado liderando la fotografía artística en España desde su estudio familiar, donde ha sabido elevar el reportaje social a la categoría de obra de autor.
Su carrera ha alcanzado recientemente una dimensión histórica al ser galardonado con la medalla de oro en la World Photographic Cup celebrada en Reikiavik, un hito que lo sitúa en la élite mundial gracias a su maestría en el arte ilustrativo. Este reconocimiento se suma a una vitrina de éxitos que incluye múltiples Premios Goya de Fotografía y la distinción como mejor fotógrafo de España por la FEPFI en 2026. Lo que define el trabajo de Ruiz es un estilo inconfundible basado en la creatividad visual extrema y el uso avanzado de herramientas digitales, rechazando el uso de inteligencia artificial para preservar la autenticidad del ingenio humano en sus composiciones. A través de sus obras surrealistas y su cuidada técnica en el retrato, el artista de l’Alcúdia continúa proyectando la fotografía valenciana hacia los escenarios internacionales más exigentes. La dinastía se nota, y no hay que olvidar el desparpajo profesional de su madre, Oreto, para captar la esencia de la creatividad de Alvaro Ruiz.
En realidad, al ver en directo las fotografías he entendido esta carrera de éxitos. Hasta en unas colecciones que parecen tan simples como ilustrar una comunión, tema que ocupa sus escaparates en estos momentos, resplandece un genio original. Retratar a un niño o una niña con la cara de ilusión de ese día parece fácil, pero sacarle los valores de algo único es muy difícil.
Las fotos de composición propia tienen una idiosincracia peculiar. Aquí el creador reúne unos personajes y los coloca en una situación que, sin narrar nada con texto, te cuenta una historia con una simple vista. Es lo que ha hecho con “montando el pollo” y con otras muchas que he visto en su taller.
El mérito de Álvaro Ruiz no es, por tanto, saber apretar un botón y que la cámara registre una imagen. Sino ingeniarselas con habilidad pasmosa para que esa única imagen nos hable directamente al corazón y nos cuente una historia plena. Las fotos de Alvaro Ruiz son cuentos de la mejor literatura, e incluso novelas; incluso las podríamos calificar de películas en cinemascope con un solo fotograma.
Por ello la figura de Álvaro Ruiz se erige hoy no como un advenedizo que “monta un pollo”, sino como el estandarte contemporáneo de una tradición visual que hunde sus raíces en la luz misma del Mediterráneo. En su mirada, capaz de capturar la esencia de lo invisible a través del arte digital e ilustrativo, resuenan los ecos de los grandes maestros que definieron el lenguaje de la fotografía mundial. Si Ansel Adams encontró lo sublime en la inmensidad de la naturaleza y Henri Cartier-Bresson sistematizó el «instante decisivo» de la condición humana, Ruiz proyecta esa búsqueda hacia el futuro, demostrando que la técnica es solo la herramienta de un alma que busca la verdad en el píxel y el color.
Su reciente consagración con premios absolutos no es solo un logro individual, sino el reconocimiento a una estirpe de creadores que no conoce fronteras. Comparar su obra con la profundidad de Cristina García Rodero o la maestría escénica de Annie Leibovitz nos permite entender que estamos ante un artista que ha sabido elevar el nombre de su tierra a la categoría de referente universal. Es, en definitiva, un inmenso orgullo contemplar cómo un valenciano, con la humildad de los grandes y la ambición de los genios, lidera hoy el panorama internacional, recordándonos que Valencia sigue siendo, siglos después, la cuna inagotable de la luz y el talento.
















