VALENCIA. – Hay una Valencia masiva, de grandes plazas e hitos institucionales, y otra que late en la intimidad de sus calles más señeras, sostenida por la memoria de sus vecinos. Este fin de semana, el histórico eje de la calle Quart y sus distritos colindantes volvieron a demostrar la vigencia de las denominadas festes de carrer (fiestas de calle) con la celebración de los festejos en honor a la Mare de Déu dels Desamparats del barrio de Quart. Una cita que, año tras año, no solo consolida el tejido social de la barriada, sino que presume con orgullo de organizar la segunda procesión mariana más antigua de la capital del Turia, solo por detrás de la procesión general oficial.
La Asociación de la Virgen de los Desamparados del barrio de Quart, encargada de la custodia de la imagen y de la confección del programa festivo, ha completado unas jornadas donde la devoción religiosa se ha entrelazado con una rica agenda cultural y lúdica. Durante días, el trasiego en las aceras anticipaba la fiesta: balcones engalanados, colgaduras con la efigie de la Geperudeta y el aroma a flores frescas transformaron por completo la fisonomía de esta arteria que conecta el centro histórico con la Valencia extramuros.
Tradición, música y hermandad a pie de calle
El programa de actos arrancó con las tradicionales cenas de hermandad, donde los vecinos tomaron las calles para compartir mesa en un ambiente de sana camaradería. No obstante, el apartado cultural cobró especial protagonismo con la celebración de la tradicional dansà. Al ritmo del tabal i la dolçaina, decenas de parejas ataviadas con los ricos tejidos de la indumentaria valenciana de los siglos XVIII y XIX ejecutaron las evoluciones de este baile popular, congregando a numeroso público que llenó por completo los márgenes de la calle Quart.
«Estas fiestas representan la resistencia de la identidad vecinal de nuestros barrios», comentaba uno de los clavarios de la asociación organizadora. «En una Valencia que cambia tan rápido, mantener el sonido de la dolçaina bajo los balcones de Quart y ver a los niños participar en los bailes nos asegura que la tradición tiene el relevo garantizado».
El fervor de la procesión general
El punto culminante de las fiestas llegó con la celebración de la solemne procesión. Desde los momentos previos a la salida, la expectación era máxima en los alrededores de la Iglesia de San Miguel y San Sebastián, templo que actúa como epicentro religioso de la festividad.
El cortejo procesional contó con una nutrida representación del mundo fallero y asociativo del sector. El desfile, encabezado por la cruz alzada, avanzó de forma pausada entre una multitud que guardaba un respetuoso silencio, roto únicamente por los aplausos y los vitores a la patrona.
Tras el paso de las comisiones y las clavariesas, que lucieron la rigurosa mantilla negra, hizo su aparición la venerada imagen de la Virgen de los Desamparados.
Broche de oro y medallas de honor
Tras completar el recorrido por las calles adyacentes del barrio, la comitiva regresó a la Iglesia de San Miguel y San Sebastián. En el interior del templo, el broche de oro de la noche lo puso la interpretación unísona del Himno de la Coronación. Cientos de voces entonaron los solemnes versos dentro del templo, clausurando oficialmente unas fiestas que reafirman el valor de las tradiciones de barrio. Con los últimos acordes y el disparo de un pequeño ramillete de fuegos artificiales, la calle Quart despidió sus días grandes, demostrando que su histórica procesión sigue gozando de una salud de hierro gracias al empeño incombustible de sus vecinos.
















