Voces académicas de la UPV abogan por sustituir el asfalto por vegetación inteligente y monitorizar a los mayores. Advierten de que la pobreza energética agrava el impacto de las altas temperaturas en los barrios con menos recursos.
Redacción | Domingo, 5 de julio de 2026
El urbanismo del siglo XXI se enfrenta a su mayor reto climático: romper el efecto «isla de calor». El uso generalizado de materiales como el asfalto, el hormigón o las cubiertas oscuras en las fachadas se ha convertido en el patrón común de los entornos residenciales, elementos que absorben de forma perfecta la radiación térmica durante el día y la liberan por la noche. Ante este escenario, voces expertas del ámbito de la arquitectura y la sociología exigen un rediseño urgente y estructural de nuestros municipios para dotarlos de resiliencia frente a las olas de calor presentes y futuras.
«Se han de incorporar de manera decidida más espacios verdes al espacio público», apunta con nitidez Eric Gilen, profesor e investigador del Departamento de Urbanismo de la Universitat Politècnica de Valéncia (UPV). El especialista matiza que la solución estructural va mucho más allá de la mera estética urbana: «No se trata de plantar cualquier árbol de forma ornamental; se debe planificar estratégicamente qué variedades se introducen y qué tipo de sombras densas proyectarán sobre las aceras». Asimismo, Gilen considera indispensable tener en cuenta factores como la ventilación cruzada de los edificios o el correcto aprovechamiento constructivo de la brisa marina.
[Un operario municipal instala zonas de sombra artificial con toldos en una calle comercial peatonal para mitigar el impacto del sol]
Redes de monitorización para los mayores y colectivos vulnerables
Más allá de las reformas de ingeniería y ladrillo, el abordaje del calor extremo cuenta con una vertiente estrictamente social y asistencial. Los expertos coinciden en la necesidad imperiosa de activar redes comunitarias de vigilancia y seguimiento sobre las personas más vulnerables para evitar un incremento drástico de los picos de mortalidad asociados a los meses estivales. En esta línea, el profesor de la UPV apuesta por mantener localizados y monitorizados de forma constante a los ciudadanos de mayor edad en cada distrito para poder establecer sistemas de alertas tempranas eficaces y visitas de asistencia domiciliaria.
Por otro lado, los episodios meteorológicos severos están sacando a la luz una profunda brecha de desigualdad urbana que las administraciones públicas deben paliar. Aquellas familias que cuentan con menos recursos económicos y cuyas viviendas no reúnen las condiciones mínimas de habitabilidad —falta de aislamiento térmico, ausencia de climatización o ventanas defectuosas— son las que peor sufragan los episodios críticos de temperaturas extremas que se viven estos días en la provincia.
El papel de los bonos energéticos y la rehabilitación de fachadas
Para atajar esta vulnerabilidad residencial, los especialistas destacan la urgencia de potenciar mecanismos de protección social como los bonos energéticos institucionales y las líneas de ayudas públicas destinadas a mejorar de forma integral la eficiencia de los bloques de viviendas antiguos. Medidas como el cambio de carpinterías, el uso de pinturas reflectantes en los tejados y el fomento de cubiertas vegetales se perfilan como herramientas clave para democratizar el confort térmico en los barrios obreros.
«Todas las propuestas estructurales deben coordinarse de forma transversal. Modificar el urbanismo de una ciudad requiere años de planificación, pero la implantación de refugios climáticos en bibliotecas, parques y centros de mayores es una urgencia que no puede esperar», concluyen las fuentes académicas.
















