Este 17 de mayo celebramos el día del amor, el día del amor libre, la lucha contra la LGTBIfobia, contra perseguir lo común, lo diferente.
¿Quienes somos nosotros para juzgar el amor de otras personas por ser personas del mismo sexo?
Una buen reflexión de partida, pero algo se está haciendo desde hace décadas rematadamente mal, ya que las agresiones homófobas siguen aumentando, muy especialmente entra la población más joven, como sucede con la violencia machista o de género.
Muchas campañas, mucho dinero gastado, pero en lo esencial hemos fallado, en educar en valores como el respeto y la igualdad, que es la base de la convivencia, los filósofos griegos ya aseguraban que el límite de tu libertad es cuando transgrede la libertad del prójimo.
En una sociedad cada vez más polarizada en este tema no ibamos a ser menos, y nos hemos radicalizado, pero este texto quiere desde la voz de un chico normal, que no hace gala de su sexualidad, llamar la atención sobre dos puntos críticos: la educación de los jóvenes y la educación de los migrantes.
La educación de los jóvenes
Problemas como el bullyns llenas nuestras aulas, los abusones que quieren imponerse contra el más débil (poco hemos cambiado desde la antigua Grecia y Roma en nuestros instintos más primarios a pesar de la supuesta evolución (también cultural).
Imaginen un chico gay o una chica, que descubren su sexualidad a temprana edad y es el centro de las críticas, además del efecto psicológico interior, lo pasa mal, ha de ocultarse de las miradas de los compañeros de clase, por miedo a represalias, por miedo a consecuencias, incluso ha de reprimirse y ocultarse por miedo a Ser cadao por otros del armario… lo vemos en el deporte de élite, en la calle día a ´dia, cada cuál debería tener libertad para decidir si ante el mundo quiere salir o no del armario…
La educación en valores es clave, y el respeto por la diversidad debería ser clave, pero todo lo resolvemos con grandes y caras campañas que pierden gran parte de su dinero en estudios de publicidad y en estamentos creados para no se sabe muy bien qué.
La educación de los migrantes
Cabe recordar que en más de 100 países del mundo la homosexualidad sigue considerada delito y en más de 50 la condena por ser homosexual es la muerte…
Con esta idea miles de migrantes acuden a nuestro país y siguen sus reglas, así, el fanatismo religiosos les ha inculcado que una mujer que se perfuma es una presunta zorra o que piden a gritos ser violadas por llevar un pantalón muy corto… Un fanatismo que ha hecho mella en muchos de ellos.
En el caso que nos ocupa gran cantidad de migrantes que vienen a nuestro país continúan creyendo que la homosexualidad es una enfermedad o perversión y que tienen derecho a pegar y maltratar a estas personas sólo por el hecho de ser diferentes, pues no.
Alguien debería exigir un cursillo de convivencia social para aquellas personas que tengan un permiso de trabajo o residencia, un cursillo de normas básicas donde se les enseñe que aquí las mujeres no son tratadas como objeto y que se les debe el mismo respeto que a un hombre y que dos chicos que van cogidos de la mano no están pidiendo a gritos una paliza.
Unos pensaran que esto es racismo, otros que menuda idiotez, pero aquel que no pase el curso y una evaluación por un profesional no debería obtener el permiso de residencia en España.
Esto es un tema candente ahora en medio de una regularización masiva de más de un millón de personas, es un millón de oportunidades perdidas para enseñarle los valores de nuestra sociedad. Justo las entidades LGTBIQ+ deberían estar pidiendo esto amén de las cifras de agresiones y quienes las perpetúan, porque para mí es lo mismo alguien de extrema derecha que odia a los homosexuales que un migrante que les considera inferiores, ambos al final odian a lo diferente y no entienden que todos somos personas, y todos tenemos derechos.
Por una sociedad más justa y responsable, y acabo este artículo de opinión con una reflexión que mi madre me enseñó:
«Recuerda que la familia es aquella que cuando cierras la puerta de tu casa noche se quedan dentro, da igual quienes sean, es tu familia».
Justo como yo hago cada noche con mi marido y nuestra hija peluda, la perreta, la dulce Turia.
Vicente M. Bellvís
















