Qué bonito es el campo español. Los olivos, los trigales, los atardeceres de postal. Y ahora, un nuevo inquilino que viene para quedarse: la superarata. Un roedor que ha estudiado derecho comunitario, ha hecho footing por los almacenes de cereal y ha desarrollado una resistencia a los venenos que ni la NASA en sus mejores momentos.
Porque sí, querido lector. Mientras usted dormía plácidamente pensando que el hantavirus era cosa de películas americanas con granjeros de Idaho, aquí, en su querida España, las ratas han montado su propio estado del bienestar. Y lo han hecho gracias a la Unión Europea, que con una mano les prohíbe a los agricultores usar raticidas y con la otra les pone una alfombra roja para que se reproduzcan como si no hubiera un mañana.
Pero vayamos por partes. O mejor, por mordiscos.
El virus que sí estaba, pero nadie miró
La semana pasada, un crucero con casos de hantavirus nos ha recordado que el bicho existe. Los titulares se llenaron de preocupación, los pasajeros fueron aislados, y los periodistas corrieron a buscar la palabra «hantavirus» en el diccionario. Todo muy digno. Pero nadie, absolutamente nadie, ha preguntado por qué de repente las ratas están tan contentas. Nadie ha mirado al campo, donde el verdadero foco está creciendo como una colonia de okupas con cola pelada.
Porque el hantavirus no es nuevo en España. En los años noventa, unos científicos de Soria ya encontraron anticuerpos del virus en el 2,2% de la población analizada. Sí, leyó bien. En Soria. En España. En Europa. El virus ya estaba aquí antes de que a los eurodiputados se les ocurriera la brillante idea de prohibir los rodenticidas para salvar a las lechuzas. Pero claro, eso era entonces. Ahora, con las ratas multiplicándose como panes y peces, el riesgo ha pasado de ser una anécdota académica a una amenaza real. Y la administración, como siempre, mirando la bandeja de entrada del correo electrónico.
La gran conquista: cómo la UE armó a las ratas
La Unión Europea, en su infinita sabiduría, ha decidido que los rodenticidas son malos. Que contaminan el suelo, que matan a los buenos bichos, que los agricultores son unos irresponsables. Así que los ha limitado. Los ha regulado. Los ha puesto detrás de un mostrador con receta y con un curso de 40 horas. ¿El resultado? El agricultor ya no puede usar los productos de siempre, y cuando puede usar los nuevos, sólo durante 35 días seguidos. Porque claro, una rata necesita 36 días para pillar el truco. Esa es la precisión milimétrica de Bruselas.
Mientras tanto, la rata, ese animal que ha sobrevivido a todo: a las plagas medievales, a las bombas de la Segunda Guerra Mundial, a las películas de Disney, se ha limitado a esperar. Sin prisas. Porque ella sabe que, al final, la normativa europea va a acabar siendo su mejor aliada. Y no ha defraudado.
Hoy, según el CSIC-INIA, la superarata ha colonizado 12 comunidades autónomas. Ríete tú del Brexit. Esto es una salida silenciosa, pero de la UE, sino de la cordura.
La administración: tan ocupada con otras cosas
Uno pensaría que, ante una plaga de roedores con potencial epidémico, las autoridades se pondrían las pilas. Pero no. La administración está muy ocupada. Tiene que redactar el Plan de Acción Nacional para el Uso Sostenible de Fitosanitarios. Un documento precioso, lleno de diagramas de flujo, objetivos estratégicos y palabras como «gobernanza» y «hoja de ruta». Muy útil. Seguro que las ratas, al leerlo, se echan a temblar.
La realidad, mientras tanto, es tozuda. ANECPLA, la asociación de empresas de control de plagas, lleva años advirtiendo de que el control de roedores ha dejado de ser un problema de aldea para convertirse en una prioridad de salud pública. Y la solución que proponen es muy bonita: «gestión integrada de plagas, prevención, higiene y mantenimiento del alcantarillado». O sea, lo mismo que se lleva diciendo 30 años, pero con un powerpoint más moderno. Mientras tanto, el agricultor sigue sin poder echar veneno, y la rata sigue haciendo planes para conquistar el mundo.
El agricultor: el gran pagano (y pagano de facturas)
Y en medio de todo este despropósito, está él. El agricultor. El que se levanta a las seis, el que ve cómo las ratas se comen su cosecha, el que no puede usar raticidas porque Bruselas se lo prohíbe, el que si los usa se arriesga a una multa de 300.000 euros, el que además tiene que cumplir con la ley de bienestar animal, la de fitosanitarios, la de nitratos, la de cadena alimentaria, y la de tu tía abuela.
El agricultor ya no sabe si su trabajo es cultivar tomates o convertirse en un gestor de expedientes con patillas y mono azul.
Y mientras él se pierde en el laberinto burocrático, el roedor, libre como el viento, se hace fuerte. Porque la rata no necesita cumplir normativas. La rata no tiene que pedir permiso. La rata no teme a la Comisión Europea. La rata es anarquista. Y nosotros, los burócratas, le hemos regalado el micrófono.
El hantavirus: el invitado que nadie quería
Así que ya sabe. Cuando dentro de unos meses los titulares hablan de un brote de hantavirus en el medio rural, no se sorprenda. El virus ha estado esperando su momento, como un actor de reparto que sabe que al final le llega su gran oportunidad. Y ahora, con las ratas campando a sus anchas por los pajares, las granjas y los alcantarillados, el virus ha encontrado su autopista.
Lo peor es que la solución es sencilla: devolver al agricultor las herramientas que le quitaron. Raticidas efectivos, sin cortapisas, sin cursos de 40 horas. Y dejar de legislar desde un despacho de Bruselas sin pisar el barro. Porque la próxima vez que usted vea una rata cruzando la carretera, no piense en ella. Piense en el virus que puede llevar. Y piense en el agricultor, que ya no puede hacer nada para pararla.
Pero no se preocupe. El comité de expertos ya está reunido. En cuanto terminen el café, empezarán a redactar el informe. Y dentro de dos años, cuando el brote ya haya pasado, presentarán sus conclusiones. Muy útiles. Para la próxima pandemia. De ratas. O de lo que sea.
Mientras tanto, si ve una rata, sonríele. Es la ganadora. Y nosotros, los que pagamos impuestos, los que votamos, los que compramos tomates en abril, solo podemos aplaudir de pie.
Qué bonito es el campo, oiga.
















