Por Carles Recio
El periodismo no es un oficio para pusilánimes ni una pasarela para acomodados. Ser periodista es, en su raíz más pura, un acto de resistencia y un compromiso inquebrantable con la condición humana. Quienes abrazan esta profesión sienten el orgullo de convertirse en los ojos de los que no pueden ver y en la voz de los que han sido sistemáticamente silenciados. No existe mayor honor civil que el de sostener un espejo frente al poder, obligándolo a mirarse sin máscaras ni maquillajes propagandísticos. Este orgullo no nace de la vanidad o del aplauso público, sino del peso sagrado de la responsabilidad: saber que una sociedad informada es la única verdaderamente libre y que, sin reporteros dispuestos a incomodar, la democracia se convierte en un cascarón vacío. Ser periodista es una militancia diaria por la claridad en un mundo permanentemente amenazado por las sombras de la desinformación y el miedo.
A lo largo de la historia, este orgullo se ha templado en el fuego de hombres y mujeres que entendieron que la verdad no se negocia, incluso cuando el precio a pagar es la propia vida. Pensamos inevitablemente en figuras de la talla de Ryszard Kapuściński, el gran maestro polaco que recorrió los rincones más convulsos del planeta demostrando que para ser buen periodista hay que ser, ante todo, una buena persona capaz de sentir empatía por las víctimas. En el periodismo de investigación puro, el eco de Bob Woodward y Carl Bernstein sigue resonando como el recordatorio eterno de que ningún gobernante, por poderoso que sea, está por encima de la ley si un reportero tenaz decide estirar del hilo correcto. La historia contemporánea también se ha escrito con el coraje de Anna Politkóvskaya, la periodista rusa que desafió al Kremlin relatando los horrores de la guerra de Chechenia con una lucidez cortante que le costó la vida, pero que dejó un legado de dignidad imborrable.
Esa misma antorcha de valentía la han cargado reporteras como Christiane Amanpour, desafiando las balas en Sarajevo para documentar el dolor humano, o la mexicana Lydia Cacho, quien a pesar de las torturas y las amenazas de muerte del crimen organizado y la política corrupta de su país, jamás bajó los brazos en su lucha por destapar las redes de pederastia. No podemos olvidar tampoco el sacrificio de Veronica Guerin, la indomable periodista irlandesa que persiguió a los capos de la droga en Dublín hasta que la silenciaron a tiros, provocando una movilización ciudadana que cambió las leyes de su país. Todos ellos encarnan la esencia de una profesión que encuentra su mayor recompensa en la búsqueda de la justicia. Ser periodista hoy es heredar ese fuego sagrado, entender que el periodismo es un servicio público imprescindible y sentir el legítimo orgullo de pertenecer a una estirpe de contadores de verdades que prefieren arriesgarlo todo antes que callar.
Esta semana la actitud de Vicent Bellvís ante las contradicciones de Vox en las Cortes Valencianas elevan a este periodista valenciano a la categoría de maestro. Valentía y desenfado no le han faltado. De un lado ladran contra la Academia, de otra le elevan el presupuesto sin explicarnos las razones.
Hay una razón muy clara: los acuerdos de gobierno comportan ventajas a los socios que superan cualquier excusa ideológica. El gobierno autónomico creo un ente único en el mundo; un ente que está por encima del gobierno y del pueblo que le paga.
En la legislación española no hay ninguna ley que obligue a los españoles a seguir las normas de la Real Academia Española. Todo el mundo goza de libertad de expresión. Si alguien quiere escribir Hespaña alegando que originariamente tenían la h de Hispania, nadie se lo va a prohibir. Podrán reirse o discrepar, pero no tiene una condena. En la legislación valenciana sí que se obliga a que todos obedezcan, sin dar opción a otra cosa.
Vox congeló los ingresos de la Academia, pero no los destinó a la Real Academia, como hubiera sido lo lógico, sino que los usó en otras cosas que no tienen nada que ver. Cuando la política de alguien es la represión, nunca se llega a ningún sitio. Por eso Lo Rat Penat y la Real Academia malviven con limosnas y luego, cuando llega el momento electoral, van a por ellas para usarlas de señuelo.
La transcripción exacta de la conversación de esos portavoces es una muestra impagable de lo poco que les importa Valencia a esos políticos a los que se les llena la boca de “prioridad nacional”. Que lástima y que pena que tienen entre las manos un instrumento genial para manipular votos y no sepan como usarlo.
No hay ningún partido valencianista en el escenario político. Cuando no hay originales, triunfan los sucedáneos. Pero en la historia del periodismo valenciano esos momentos de apostura y gallardía han quedado para que lo sepamos de verdad.
Es un orgullo ver profesionales de esta talla, y es una gran satisfacción que todavía queden medios que acompañen estos lances de caballería y les permitan ser difundidos. Que tiempos más lejanos cuando había prensa independiente en Valencia. Menos mal que todavía queda Noticias Ciudadanas y Vicente Bellvis para que sepamos la Verdad.
Carles Recio
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