Lo vivido en torno a la crisis migratoria de Ceuta ya no es solo una muestra de incompetencia en la gestión de nuestras fronteras; es una exhibición de cinismo político. La secuencia de declaraciones roza el absurdo kafkiano: una ministra de Defensa afirma públicamente en sede parlamentaria que 25 agentes del CNI desplegados sobre el terreno cumplieron con su cometido, monitorizaron la amenaza y alertaron a tiempo a la Delegación del Gobierno. Apoyada en la discreción que exige el secreto de Estado, sostiene que la información circuló por las cañerías del Estado. Apenas unas horas después, el ministro del Interior sale a la palestra a desmentir categóricamente la existencia de aviso alguna o informe premonitorio.
Dos versiones antagónicas dentro del mismo Consejo de Ministros. Dos carteras clave de la Seguridad Nacional contradiciéndose a la vista de todo el país. En cualquier democracia madura, esta brecha implicaría dimisiones inmediatas o, como mínimo, la clarificación urgente de cuál de las dos autoridades mintió o actuó con una negligencia temeraria. Sin embargo, desde la maquinaria de persuasión de Moncloa se pretende imponer un relato mágico donde dos afirmaciones incompatibles pasan a ser «versiones complementarias». Se apela a la ingeniería del lenguaje para intentar convencer a la ciudadanía de que la discrepancia no existe, de que la descoordinación es coordinación y de que la falta de prevención es un fenómeno imprevisible alimentado por las redes sociales.
Para rematar el espectáculo, se anuncia la activación del mando único bajo la Ley de Seguridad Nacional casi un mes después del inicio de la crisis, escudándose en que la Ciudad Autónoma no lo había solicitado formalmente con anterioridad. Una excusa procedimental que evidencia la parálisis y la falta de liderazgo de un Ejecutivo que confunde la prudencia con la inacción deliberada, supeditando la soberanía territorial y la protección del perímetro fronterizo a la estrategia del desgaste político.
Cuando la seguridad del Estado se gestiona como una campaña de relaciones públicas y la verdad se moldea al antojo de la conveniencia partidista, la estructura institucional se resquebraja. No estamos únicamente ante un fallo de inteligencia o de respuesta policial, sino ante una quiebra de la ética gubernamental, donde la soberbia impide asumir errores y el aparato del poder se vuelca en ocultar la verdad antes que en proteger la frontera sur.
Este gobierno se ha convertido en un circo, con un director de orquesta que se despejó de la ecuación y mientras aseguraba que se había atacado la integridad territorial de España, se fue de vacaciones con un amplio dispositivo de seguridad, y se mofó de los españoles aconsejando listas de música o libros… Ahora la descoordinación es absoluta y venden lo invendible para así intentar reflejar que hacen algo…
















