El amanecer en el Cap i casal no es un amanecer cualquiera cuando llega el segundo domingo de mayo. Es un despertar que, en realidad, nunca llegó a ser sueño, pues la ciudad ha permanecido en vela, custodiada por el eco de las albaes y el cant d’estil que han resonado en la Plaza de la Virgen hasta que las sombras se batieron en retirada. Hoy, la capital del Reino ha vuelto a ejercer como tal, congregando en sus arterias a decenas de miles de valencianos que, movidos por una fe inquebrantable o un sentimiento de identidad que corre por las venas, han acudido a la llamada de su patrona, la Mare de Déu dels Desamparats.
La jornada comenzó con esa mística que solo posee la Missa de Descoberta. A las cinco de la madrugada, con una Basílica donde no cabía un alfiler y de la que se habían retirado bancos y sillas para maximizar el espacio, el silencio se hizo absoluto cuando el velo que cubre la imagen de la «Geperudeta» se retiró. Fue el primer encuentro, íntimo y estremecedor, de un día que prometía emociones fuertes. Poco después, la plaza se transformó en una inmensa catedral al aire libre para la Missa d’Infants. Bajo el majestuoso tapiz floral que adorna la fachada, las autoridades —encabezadas por el President de la Generalitat, Juan Francisco Pérez Llorca, y el Consell en pleno— junto a la Fallera Mayor Infantil y su Corte de Honor, fueron testigos de un acto de masas donde el arzobispo recordó que la historia de la Virgen es, en esencia, la historia de la solidaridad valenciana.
La metamorfosis de la Plaza: un despliegue de precisión
Tras el estruendo de los himnos —el de la Coronación, el de Valéncia y la Marcha Real— que cerraron la misa infantil, se ha producido ese fenómeno casi mágico que solo los valencianos sabemos ejecutar con precisión de relojería. En apenas unos minutos, lo que era un recinto ordenado con miles de sillas alquiladas al «módico precio de 5€», ha pasado a ser un espacio diáfano. Como si de un truco de ilusionismo se tratara, las brigadas de limpieza y los servicios de organización han despejado la plaza para permitir que la marea humana, que aguardaba impaciente en las calles adyacentes, tomara posiciones.
Ahora, la tensión emocional se puede cortar con un cuchillo. La plaza está a rebosar, más llena si cabe que durante la misa. Miles de ciudadanos, venidos no solo de los barrios de la ciudad, sino en peregrinación a pie desde Sueca, Torrent, El Perelló y todos los pueblos de l’Horta, se agolpan frente a la Puerta de los Hierros y la salida de la Basílica. El objetivo es uno: llevar en volandas a la imagen peregrina, sentir el peso de la devoción sobre los hombros y ser parte de ese río de pétalos y gritos de «¡Vixca la Mare de Déu!» que acompaña al Traslado.
Un itinerario para la historia: el encuentro con el origen romano
Pero este 2026 guarda una sorpresa que quedará grabada en los anales de la festividad. A las 10:30h, cuando la imagen peregrina asome por la puerta de la Basílica para iniciar su camino hacia la Catedral Metropolitana, el recorrido no será el habitual. De manera excepcional, y por primera vez en la historia reciente, la Virgen no buscará el camino directo por la Plaza de la Reina, sino que se adentrará por la Calle de la Barchilla.
Este cambio de itinerario no es una mera cuestión logística; es una reivindicación histórica y simbólica de primer orden. Al transcurrir por esta estrecha y emblemática vía, la imagen pasará junto al Foro Romano, el auténtico corazón y origen de la ciudad. Es un encuentro entre la fe que define a la Valéncia moderna y los cimientos de piedra sobre los que se levantó la Valentia romana hace casi 2.000 años.
El paso por l’Almoina y la Plaza del emperador Décimo Junio Bruto —bajo cuyo mandato se fundó la ciudad en el 138 a.C.— supone un diálogo visual y espiritual sin precedentes. Ver el manto de la Virgen rozar los muros que custodian los restos de las termas y el podio del templo romano es un recordatorio de que, aunque las civilizaciones pasen, el espíritu de este pueblo permanece. La patrona de los valencianos, en su día grande, ha querido rendir homenaje a la génesis de la urbe, caminando sobre el mismo suelo que pisaron los primeros colonos romanos.
La Mare de Déu: símbolo de empatía y resiliencia
Durante la homilía de la mañana, el arzobispo hizo hincapié en que la historia de la Mare de Déu dels Desamparats es una historia de empatía. Nacida para dar amparo a los locos, a los desvalidos y a los que no tenían a nadie, la devoción a la «Geperudeta» es el reflejo de un pueblo que se crece ante la adversidad. Hoy, esa solidaridad se ha manifestado en las columnas de peregrinos que han caminado durante toda la noche desde poblaciones situadas a decenas de kilómetros, formando un cordón umbilical que une a toda la provincia con su centro neurálgico.
La presencia de alcaldes de diversas localidades, como Ricardo Gabaldón de Utiel, subraya este carácter vertebrador de la festividad. No es solo la fiesta del Cap i casal; es la fiesta de todos los que se sienten bajo el manto protector de la Virgen. Instituciones históricas como Lo Rat Penat, guardianas de la lengua y la cultura propias, también han estado presentes, reafirmando que esta jornada es, por encima de todo, un acto de afirmación cultural.
Hacia la Catedral bajo un cielo de pétalos
Mientras la imagen avanza ahora hacia la Barchilla, el fervor se desborda. El esfuerzo de los portadores, la lucha pacífica de los fieles por tocar el manto y el llanto de emoción de quienes ven pasar a la Virgen de cerca, configuran una escena de una potencia visual incalculable. Al fondo, el campanario de la Catedral espera la llegada de la imagen para dar comienzo a la solemne misa pontifical.
Este traslado histórico por la Calle de la Barchilla y el entorno romano no es solo una anécdota en el programa de actos. Es la constatación de que las tradiciones son entes vivos que saben evolucionar sin perder su esencia. Al conectar la figura de la Virgen con la plaza dedicada a Junio Décimo Bruto, Valéncia abraza sus dos milenios de existencia en un solo instante.
Cuando la imagen entre finalmente en la Catedral, el eco de los vítores seguirá resonando en la plaza. Se habrá cumplido un año más con el rito, pero con la sensación de haber sido testigos de algo único. El trasiego de la noche, las caminatas por las carreteras de l’Horta, el frío de la madrugada en la Basílica y el calor de la plaza a mediodía habrán valido la pena. Porque hoy, en el corazón de la ciudad, entre ruinas romanas y fervor barroco, Valéncia ha vuelto a demostrar que no hay fuerza más grande que la de un pueblo unido por su historia y su patrona. ¡Vixca la Mare de Déu!.



















































