Lang Lang vuelve a Valencia: el pianista reimagina el repertorio clásico en el Palau de la Música
Hay artistas que trascienden su propio instrumento. Lang Lang es uno de ellos. Y es que el famoso pianista chino ha regresado a la Sala Iturbi tras la cancelación de su concierto en 2021 debido a las restricciones de la pandemia. No es esta la primera vez que nos visita; ya lo había hecho en cinco ocasiones anteriores, alguna de ellas muy sonada, como aquella de 2016 en la que dio un recital en el túnel de los tiburones del Oceanogràfic interpretando a Liszt y a Morricone.
Como era de esperar, esta nueva cita también ha sido un éxito arrollador, con las entradas agotadas desde hace meses y un público dispar y variopinto —muy diferente al que habitualmente asiste a los auditorios— entregado a su ídolo: uno de esos acontecimientos donde se difuminan los límites de lo artístico y lo mediático. No es para menos, el pianista chino es considerado el mejor pianista del mundo en diversos ámbitos y un referente para las nuevas generaciones.
En círculos de la crítica especializada, en cambio, se le tiene más bien por un producto de marketing pensado para el público general, más que para el melómano exigente. No me corresponde discernir una cosa de la otra, pero sí me atrevo a considerarlo como el equivalente, dentro de la música clásica, a una estrella del rock (no en vano ha compartido escenario con bandas como Metallica o Coldplay), con los aspectos positivos y negativos que ello conlleva.

Es indudable que el artista es un espectáculo en sí mismo, y es una gozada verlo y oírlo actuar, independientemente de los valores musicales que pueda aportar. Para el público, prevalece la lectura del músico sobre la propia música. Se asume que va a «reimaginar» el repertorio a su conveniencia, al igual que un músico de jazz improvisa variaciones sobre una melodía establecida.
Su estilo, que lo ha convertido en una celebridad mundial, se traduce, como ya he comentado, en virtudes como su prodigiosa técnica, la creación de atmósferas sonoras únicas y su asombrosa capacidad para tocar sin partitura; y en defectos como el exceso de teatralidad, la gesticulación exagerada o el abuso de recursos como el rubato o el efectismo dinámico para impresionar al oyente.
Todo ello lo encontramos en el recital del pasado martes, que se convirtió por momentos en un concierto desconcertante —si se me permite el juego de palabras— en el que la gente aplaudió a destiempo (y no como se aplaude en la ópera al final de un aria o en el jazz tras un solo de lucimiento), con el beneplácito del propio artista; e incluso hubo quien se hizo selfis con él en el escenario.
Por otra parte, el programa del concierto abarcó diferentes épocas, estilos y autores que Lang Lang abordó con diversos estados de ánimo, en una exigente propuesta que combinaba el clasicismo centroeuropeo con el virtuosismo romántico y el nacionalismo español.
Comenzó, comedido, con el Rondó n.º 1 de Mozart, que supo conducir con ligereza. A continuación, acometió dos sonatas de Beethoven. La primera de ellas, la Sonata n.º 8, Patética, se abrió con unos acordes excesivamente bruscos, más propios de la Quinta Sinfonía que de la propia sonata. En el primer movimiento se alternaron expresivos pasajes —que reverberaron gracias al experimentado uso del pedal del piano por parte del pianista— con radicales pausas y cambios para enfatizar sus raptos dramáticos.

Una de estas eternizadas pausas fue la causante de que buena parte de la sala, desconocedora de la obra por lo que se vio, arrancara a aplaudir sin sentido justo antes de la hermosa y muy reconocible melodía del adagio cantabile. En la Sonata n.º 31, el pianista acentuó su estilo aún más si cabe, especialmente en el Allegro y en el Arioso.
En la segunda parte del programa cobró protagonismo el repertorio pianístico español de la mano de Albéniz y Granados. Del primero se interpretó una selección de seis de las ocho piezas que componen su influyente Suite Española n.º 1, inspirada en diferentes regiones de nuestra geografía. Si bien su versión no fue todo lo ortodoxa que debiera, hay que reconocer la sonoridad diáfana de Sevilla, el audaz juego de manos en Cádiz y la elegancia en la habanera de Cuba (recordemos que en el periodo en que se compuso la suite la isla caribeña era todavía una colonia española).
Más relajado, acarició el teclado en Quejas, o la maja y el ruiseñor, el tema más representativo de Goyescas, suite pianística que más tarde el propio Granados convirtió en ópera. Una melodía que, pese al ambiente castizo madrileño de la obra, fue inspirada por una canción popular que el compositor escuchó en tierras valencianas y que, a su vez, dicen, sugirió a Consuelo Velázquez el estribillo de su famosísimo bolero Bésame mucho.
Cerró el concierto con dos obras de Liszt y un escueto bis de Mendelssohn. A estas alturas, nuestro pianista ya estaba totalmente desatado. Durante la Consolación n.º 2 pareció entrar en éxtasis, elevando la mirada al cielo como esperando una revelación, durante una pausa que pareció infinita. Y fue en el colofón donde ejerció al fin el ministerio al que hace honor su apellido —Lang en chino significa «ministro»— con la vertiginosa y exigente tarantela de Años de Peregrinaje, donde hizo gala de su maestría en un tour de force en el que desplegó todos sus recursos interpretativos y gestuales.

Muchos preferirán la sobriedad y fidelidad a la partitura de otros excelsos pianistas actuales como Sokolov, Uchida o Zimerman, pero en sus recitales prevalece el personaje sobre la obra, le pese a quien le pese. Al fin y al cabo, no hace más que replicar fielmente lo que hizo, precisamente, Franz Liszt doscientos años atrás. El genio húngaro fue pionero en colocar el piano de perfil en el escenario para que el público admirase su ejecución, y también en hacerlo como solista.
Combinaba su magistral técnica interpretativa con una acentuada tendencia a la teatralidad, improvisaba en directo realizando variaciones sobre la música que estaba tocando y no utilizaba partituras. Por si esto no fuera suficiente, a Liszt se le considera el precursor del fenómeno fan de las modernas estrellas del rock y el pop, pues era capaz de provocar histeria en la sala, desmayos y peleas por conseguir objetos como cuerdas rotas del piano o incluso mechones de su cabello. ¿A qué nos suena? Dos siglos separan a Liszt de Lang Lang, pero el público que los aclamó es, en el fondo, casi el mismo.
Roberto Tortosa
El autor de esta crítica ha pertenecido, como articulista, al equipo de redacción en publicaciones especializadas en música cinematográfica como Música de Cine o Rosebud Banda Sonora.
Ha colaborado también como crítico de cine en el diario Valencia Hui y ha escrito sobre música y bandas sonoras en la revista FTV; y sobre patrimonio histórico y cultural en la revista R&R, Rehabilitación y Restauración. También ha publicado microrrelatos en antologías colectivas.
Es autor, además, de los libros «La Valencia Insólita», «La Valencia Insólita 2» y «Conjuntos históricos de la Comunidad Valenciana».














