¡Milagro! Después de ocho años, los sindicatos han vuelto a descubrir que existe el trabajador. No el trabajador de verdad, no: el trabajador de pancarta, el que sirve para la foto, el que justifica un comunicado y un tuit. ¿Para el trabajador? No, hombre, no. ¿Para el Gobierno o para la oposición? Esa es la pregunta. Ellos dirán que salen “por el trabajador”, faltaría más. Pero según el día, la foto, la mariscada y quién pague el autobús, igual hasta se aclaran. Y no nos olvidemos de las mariscadas: que si comida, que si viaje, que si congreso, que si dietas, que si mesa y mantel. ¿Y de qué viven? ¿De las cuotas de los afiliados o de lo que les da el Gobierno? Ustedes mismos. Sabe de qué hablo. Salen ahora porque se les acaba el chollo, no porque les duela el trabajador. Mientras, el trabajador de verdad sigue mirando su nómina, su convenio, su jornada, su paro y su futuro. Sigue aguantando la precariedad, la temporalidad, los salarios de miseria y la amenaza de despido. Sigue viendo cómo se le pide paciencia, responsabilidad y esfuerzo mientras otros se reparten el protagonismo.
Pero tranquilos, que ya salen los sindicatos. Ocho años después. Justo ahora. Qué casualidad, ¿verdad?
Y en el sector agrario, el espectáculo es aún más fino. Las 4 Marías salen como siempre, una vez al año, que no hace daño. Eso sí, separadas, no vaya a ser que la foto las junte y luego haya que cumplir. Las organizaciones agrarias han convocado movilizaciones para el 28 de octubre. Pero UPA se descuelga. ¡Qué sorpresa! Si es de UGT, y ya sabemos de dónde salió. Y de dónde salió UGT, también lo sabemos: del socialismo. Así que están en una encrucijada: salir o no salir. Salir y quedar mal con los suyos, o no salir y quedar mal con los que todavía les creen. Difícil papeleta. No van a morderse la misma mano, ¿no? Sería de mala educación. Unas veces sube al tractor y otras se baja del vagón, según sopla el viento político que más interese. Unas veces convoca, otras no. Unas veces está en la tractorada, otras está en la mesa de negociación con el Gobierno.
Y el sector agrario, mientras tanto, mirando el cielo, el gasoil, la sequía, la burocracia, la competencia desleal y el precio en origen.
Mirando cómo se les imponen normas que no pueden cumplir, mientras los productos de fuera entran sin control. Mirando cómo se les llena la boca con la soberanía alimentaria, pero luego se importa lo que no cumple ni la mitad de los requisitos que aquí se exigen. Pero tranquilos, que ya salen. Justo ahora. Qué casualidad, ¿verdad?
Porque no nos engañemos: esto no va de mejorar la vida del trabajador ni de salvar al campo. Esto va de seguir a la teta.
De seguir chupando del presupuesto, de las subvenciones, de las ayudas, de los convenios, de las mesas de negociación, de las dietas, de los coches oficiales, de los liberados y de las sedes bien pagadas. Va de mantener el chiringuito, cueste lo que cueste. Va de contentar a los cuatro afiliados que quedan, a los fieles, a los de siempre, a los que todavía creen que esto sirve para algo. A esos hay que darles una pancarta, un grito, una foto y una promesa. Y luego, a casa. Va de ellos, no de ustedes. Va de sus sueldos, no de los nuestros. Va de su supervivencia, no de la del campo.
Va de seguir viviendo del cuento, aunque el cuento ya no se lo crea nadie.
Los sindicatos llevan ocho años desaparecidos de según qué sitios. Ocho años en los que ha habido despidos, EREs, reformas laborales, precariedad, accidentes laborales, temporeras explotadas, fijos discontinuos, falsos autónomos y jornadas que no se pagan. Y ellos, callados. O peor: firmando. Pero ahora, de repente, les hierve la sangre. Ahora sí. Ahora que toca votar. La huelga general del 11 de noviembre, a 18 días de las elecciones, es la prueba. Una vez al año no hace daño, claro. Se hace la foto, se contenta al afiliado, se dice que se ha hecho algo, y a casa. Mientras, la maquinaria burocrática sigue inexorable: más legislación, más cuaderno de campo, más verdeos, menos fertilizantes, menos herramientas. Y ellos, tan tranquilos.
Ahora que hay que movilizar a la gente, aunque sea para calentar el ambiente. Y luego, ya veremos.
Ya veremos qué se firma, qué se pacta y qué se deja por el camino. Eso sí, luego les ves con la bufanda de Palestina al cuello, muy solidarios, muy internacionalistas, muy de foto. Pero no se les ocurre preguntar en esos países cómo tratan a las feministas, a las mujeres, a las que quieren decidir, a las que no pueden salir solas, a las que no pueden estudiar, a las que no pueden amar a quien quieran. Eso no me interesa. Eso no da pancarta. Eso no sale en el comunicado. Pero la bufanda, bien visible. La solidaridad del escaparate, muy bonita. La de verdad, esa se la dejan en casa.
Y en el campo, tres cuartos de lo mismo. Organizaciones agrarias que se han pasado años firmando lo que les ponían delante, tragando con la PAC, con el cuaderno digital, con las normas de emisiones, con los precios de miseria, con las importaciones sin control. Y ahora, cuando el cabreo del agricultor ya no se puede contener, salen a la carretera. ¿Dónde estaban antes? ¿En el despacho? ¿En la feria? ¿En la foto con el ministro de turno? ¿En la mesa donde se reparten las ayudas y las subvenciones?
Porque si de verdad les preocupara el campo, no saldrían solo cuando el calendario aprieta. Saldrían siempre. Y no con una pancarta, sino con soluciones.
Señores, con todo el respeto y toda la ironía que se merecen: ¿a quién pretenden engañar? Al trabajador no se le defiende con pancartas en primavera y silencio en invierno. Al campo no se le defiende con movilizaciones de cara a la galería y luego firmando lo que haga falta. Se le defiende todos los días, en la mesa de negociación, en el ministerio, en Europa, en el precio en origen y en la nómina a final de mes. Se le defiende cuando se les ve, y también cuando no se les ve. Se le defiende con hechos, no con fuegos artificiales.
Porque el problema no es solo quién sale a la pancarta. El problema es que no hay relevo. Los hijos no se quedan, no porque no amen la tierra, sino porque no pueden vivir de ella. Y mientras, pueblos sin médico, sin escuela, sin transporte, sin internet, sin futuro. Y las mujeres rurales, sosteniendo explotaciones y familias, muchas veces sin titularidad, sin cotización y sin reconocimiento. Y los partidos, todos, que no vengan al campo sólo cuando hay elecciones.
Que no usen al agricultor como arma arrojadiza. Que se queden a resolver precios, agua, seguros, sanidad, burocracia y futuro.
Es hora de pensar con la cabeza fría. Sin siglas, sin pancartas, sin consignas. No voy a decir a nadie a quién votar: cada uno que lo decida. Pero es hora de mirar el corazón cada vez que un vecino abandona el campo, cada vez que una explotación cierra, cada vez que un joven se marcha porque aquí no hay futuro. Es hora de ver cómo la ilusión cada día va a menos en el sector, cómo los padres ya no quieren que sus hijos sigan, cómo se les rompe la cara cuando les preguntan si el niño va a continuar. Es hora de mirar el bolsillo, porque el bolsillo no engaña. Y es hora de mirar la burocracia que nos ahoga, los papeles que nos comen vivos, las normas que no podemos cumplir. Y las plagas que se nos comen sin herramientas para combatirlas, sin productos, sin márgenes, sin ayudas de verdad.
Entonces votar. Votar sin complejos, sin miedo, sin dejarse llevar por siglas que hoy salen y mañana se descuelgan.
Votar por quien está en la tractorada y en la mesa de negociación, no por el que aparece en la foto y desaparece cuando hay que firmar. Votar por el campo, no por el cartel. Votar por el trabajador, no por el sindicato que lo utiliza. Votar por el agricultor, no por la organización que se apunta al cabreo cuando ya está encendido.
Porque el campo no es de derechas ni de izquierdas. Es de quien madruga, produce y se endeuda. Lo demás, pancartas. Y si dentro de ocho años vuelven a salir, ya saben: era por algo. O por alguien. Seguramente por alguien. Y no se preocupen, que ya encontrarán un argumento para justificarlo. Siempre lo hacen. Mientras tanto, el trabajador y el agricultor seguirán esperando. Y votando. O no. Y mientras tanto, el campo seguirá perdiendo gente, perdiendo explotaciones, perdiendo futuro. Pero eso sí: con pancartas muy bonitas, comunicados muy largos, mariscadas muy bien pagadas, bufandas muy solidarias y fotos muy bien encuadradas. Que de eso sí sabemos todos.
El campo no necesita una movilización de temporada. Necesita que dejen de tratarlo como un votante cautivo y empiecen a tratarlo como lo que es: el que nos da de comer.
















