Hace muchos años conoci al sucesor de una saga familiar famosa en la Ciudad, Carlos Jericó, cuando empezaba a tomar los mandos de su pastelería “La Rosa de Jericó”. Ya entonces era difícil el desarrollo de las pequeñas empresas familiares, y sin embargó aquel hombre no se acobardó. Los años han recompensado su esfuerzo.
En Valencia la tradición de los dulces se remonta a la Edad media, cuando se constituyó uno de los gremios más antiguos de Europa, el gremi de sucrers, por ello en el Reino de Valencia el aire parece tener siempre un rastro de azúcar tostado y café recién hecho. Y esto se ha notado siempre en sus calles y en sus escaparates. Lo que ocurre es que toda la historia de la pastelería La Rosa de Jericó no cabe en una vitrina, aunque su escaparate es uno de los más bellos y mejor decorados de la ciudad.
Todo comenzó lejos, en una tierra más áspera, cuando un muchacho de Teruel decidió marcharse con lo puesto y un hambre que no era solo de pan, sino de futuro. Salió de la Puebla de Valverde en busca de la prosperidad que siempre ofrecían las tierras valencianas a los turolenses.
En Segorbe aquel emprendedor aprendió el oficio: el gesto preciso de amasar, el silencio atento del horno, la paciencia dulce que convierte la harina en celebración. Allí dejó de ser aprendiz para convertirse en maestro, y sin darse cuenta empezó a hornear algo más que dulces: empezó a dar forma a un linaje que se ha mantenido hasta ahora.
Con los años, la familia llegó a Valencia. La ciudad era entonces un hervidero de tertulias, comercios y luces, y en una calle como Comedias la vida se abría paso entre vitrinas y conversaciones. La pastelería se convirtió en un pequeño teatro cotidiano: clientes fieles, recetas transmitidas como secretos y el rumor constante de cucharillas golpeando el borde de las tazas. Los alumnos de la Universidad eran cluentes fieles.
Después vendría la calle de la Paz, más amplia, más luminosa, como si el negocio hubiera crecido hasta necesitar otro horizonte. Allí la Rosa de Jericó dejó de ser solo una pastelería para convertirse en costumbre. Había quien medía el paso del tiempo por sus tartas, quien celebraba la vida —o la consolaba— con sus dulces.
En 1983, el traslado a la calle Hernán Cortés no fue una ruptura, sino una continuidad. Como la propia rosa que le da nombre, la pastelería parecía capaz de replegarse y renacer, de adaptarse sin perder su esencia. Generación tras generación, las manos cambiaban, pero el gesto permanecía. Las recetas, como viejos mapas, seguían guiando el camino.
Y así, en medio del ruido moderno, sigue latiendo ese obrador donde la tradición no es una reliquia, sino una forma de estar en el mundo. Porque hay lugares donde el tiempo pasa, y otros —como la Rosa de Jericó— donde el tiempo se queda, disuelto en azúcar, esperando a que alguien entre, abra la puerta y vuelva a empezar la historia.
Carlos Jericó es ahora un pastelero afamado, con una esposa que aporta trabajo y buen gusto al desarrollo. Vive encima de su establecimiento y mantiene la alta calidad que ha mamado desde niño. En estos momentos en que las franquicias extranjeras nos invaden por todas partes para los valencianos y valencianas de raza es un respiro contemplar en esa vía del Ensache este rótulo tradicional que engarza el pasado con el futuro. La antigua rosa se convertido, en las manos de Carlos, una rosa invencible.
















