A dos años de la firma del decálogo social en defensa del parque natural, el cuarto punto para proteger el agua sigue en semáforo rojo. Científicos y colectivos denuncian que las soluciones son meramente reactivas ante crisis de contaminación y anoxia.
El estado de salud de la Albufera de Valencia sigue ofreciendo un diagnóstico crítico. Cada uno de los diez puntos que configuran el manifiesto impulsado por la sociedad civil hace dos años para salvar el humedal están interconectados; sin embargo, el cuarto pilar, destinado específicamente a «proteger la calidad del agua», permanece encallado en el semáforo rojo. El dictamen del comité de expertos que evalúa el cumplimiento de los compromisos es tajante: la falta de infraestructuras pendientes, la ausencia de caudales suficientes y la persistencia de vertidos hacen imposible revertir la degradación del lago.
Para alcanzar un nivel óptimo de pureza, tanto el Ministerio para la Transición Ecológica como la Conselleria de Medio Ambiente deben materializar las inversiones fijadas en el Plan Hidrológico. Un dato técnico evidencia el retraso: de los 46 sectores agrícolas del entorno, solo 23 disponen de riego por goteo. Hasta que no se modernicen los 23 restantes, no se podrá liberar el agua limpia y «prepotable» procedente del embalse de Tous que los arrozales necesitan para oxigenarse de forma constante, un pacto sellado entre regantes y el Consell el año pasado que sigue siendo insuficiente.
Voces científicas: «No se ha hecho nada»
La comunidad científica coincide en el pesimismo. Miguel Jover, investigador de la Universitat Politècnica de València (UPV), asegura que en estos dos años «no se ha hecho nada», un inmovilismo que se traduce en realidades sombrías: «En este plazo ha habido mortandades masivas de peces por la paja del arroz y vertidos contaminantes recientes en Catarroja». En la misma línea, Ana Blázquez, catedrática de la Universidad Católica de Valencia (UCV), lamenta que «el agua sigue estando en muy mal estado».
Por su parte, Carles Sanchis, presidente de la Junta Rectora de la Albufera, apunta que «no se constatan avances», aunque fía una ventana de esperanza a que el plan de inversiones estatal «se concrete pronto en acciones para reducir radicalmente la llegada de fósforo al humedal».
Antonio Camacho, catedrático de Ecología de la Universitat de València (UV) y líder del comité científico, añade que la gestión de las administraciones ante crisis como la anoxia otoñal o las temperaturas críticas del agua en julio ha sido meramente «reactiva». Aunque califica de «notable» la adopción de medidas de emergencia como la apertura de compuertas y el aumento puntual de flujos, advierte de que «eso solo resuelve crisis, no aporta soluciones duraderas ni resiliencia al sistema socio-ecológico».
Un ecosistema con transparencia «crónicamente baja»
La radiografía técnica que ofrece Ana Ferrer, vicesecretaria de la Acequia Real del Júcar, muestra una tormenta perfecta basada en las memorias oficiales del parque: elevadas concentraciones de clorofila, un nivel de transparencia «crónicamente bajo» —agravado durante los meses de verano—, incremento de la conductividad y un severo riesgo de estrés ecológico por descensos puntuales de oxígeno.
El diagnóstico definitivo es claro: el estado del humedal es malo. Para revertir la situación de unas aguas gravemente enfermas, los expertos insisten en que la solución estructural pasa por ejecutar los proyectos de restauración forestal contemplados por el Ministerio, los cuales permitirían incrementar la retención natural del agua y dotar a la Albufera de un «filtro verde» capaz de purificar los caudales antes de su entrada al lago.
PUNTO CUARTO DEL DECÁLOGO EN DEFENSA DEL PARQUE:
Proteger la calidad del agua: Combatir las malas praxis que generan crisis de contaminación en el agua, causando mortandad en la fauna piscícola, afectando a las aves y degradando las condiciones paisajísticas, mediante acciones que permitan la preservación de la actividad pesquera tradicional.



